La chica de rojo | Una foto, una historia

Allí estaba. En mitad de la plaza de San Pedro. Entre tanta gente, tan desapercibida  y sin embargo, con algo especial. Ella no miraba a los fotógrafos que se agolpaban y quedaban maravillados ante su fotogenia, o a los chicos que trataban de atraer su atención con miradas y codazos.

161019_audience_luciaballester

La persona real que inspiró este breve relato | fotografía: Lucía Ballester

Ella no parecía ser consciente de su propia fuerza y belleza. Ella tan solo cantaba. Un hermoso sonido emanaba de sus labios pintados en un rojo intenso sobre el lienzo blanco que era su rostro.

Un rostro armónico, ojos grandes enmarcados por unas cejas poderosas. Una mirada serena, un poco triste, concentrada en un punto inexacto, como si estuviese mirando algo que nadie más podía ver. Una nariz menuda y un pelo vestido del sol de la mañana romana. Y cantaba, ambientando la ruidosa plaza con un sonido de atmósfera celestial. Un canto gregoriano con acento escocés. Como si hiciera suya la frase de Celeste Carballo: “Artesana de la vida quiero ser, cantar historias que vivan, sentir las cosas que diga”.

¿Qué por qué cantaba? Qué sé yo. Tal vez quería estar más cerca de Dios. Tal vez necesitaba expresar algo que solo la música puede expresar, con ese lenguaje que llega al alma. Tal vez proyectaba su voz para que alguien perdido y solo se sintiera rejuvenecer de repente. Tal vez tenía algo que sacar de su corazón. No buscaba la fama. No buscaba las fotos. La chica de rojo tan solo cantaba.

¿Qué por qué cantaba? Qué sé yo.  Yo solo la miraba.

Lucía Ballbell

 

Anuncios

| Relato corto (Parte 1)

Basada en hechos reales

       Incansable pedaleo. Furiosa respiración agitada. La calle entera no era capaz de contener mi angustia. Todo se escuchaba demasiado: hasta el leve vuelo de las hojas me molestaba. Era tan ruidoso que ni siquiera yo misma podía seguir el hilo de mis caóticos pensamientos. El resultado de los mismos se exteriorizaba en forma de gruesas lágrimas saladas que mi viaje en bicicleta había dejado caer sobre el asfalto. Me detuve, apoyando un pie en el suelo. Dejé que mi cuerpo se recuperase del esfuerzo y la tensión. Había buscado esto: distraerme, tal vez hacer ejercicio hasta la extenuación, tal vez una huida rápida para expandir esa pena que me ahogaba. Ladeé la cabeza y me estremecí al ver dónde había parado.

   Era una puerta de metal negra, brillante por el sol y probablemente depositaria de su calor ardiente, que custodiaba en su interior tumbas, regios y altísimos cipreses y un sepulcral y ansiado silencio. A pesar de sentir un profundo respeto por los difuntos, decidí entrar en el cementerio y tranquilizarme.

 

Imagen     Dejé la bici oculta detrás de la puerta que abrí de par en par (miedo me daba quedarme encerrada o algo) y me senté en un banco de piedra. Mi cuerpo se soltó y comencé a llorar. Hice llover sobre mis zapatillas sin piedad alguna.  Me temblaba el labio inferior y la barbilla, así que me cogí la cara con ambas manos. Todo esto simplemente porque mi novio me había dejado. A pesar de la confusión que sentía él mismo, sus dudas y sus sentimientos, yo no entendía por qué me había tenido que pasar a mí. No lo entendía, a pesar de lo que había llovido desde entonces… Incluyendo mi llanto.

    Cuando mis ojos ya estaban enrojecidos y cansados y las lágrimas cesaron, el silencio se hizo evidente. Tragué saliva: me sentí, de pronto, una intrusa. Un soplo de vida en una morada de muerte.

    “Bueno, en realidad yo estoy como si estuviera muerta”, pensé con profunda amargura. Puede parecer estúpido sentirse así, pero para mí el dolor que arrastraba era causa directa de la intensidad de lo que había sentido y que tal vez, todavía sentía…

     Miré de reojo hacia el escondite de mi bici. Tentada estuve de marcharme, pero había un poderoso y ancestral magnetismo en aquel lugar de descanso eterno. Allí, ni la brisa que acariciaba las ramitas de los cipreses, guardianes del cementerio, me era molesta. Noté que tenía las piernas agarrotadas, así que me levanté y me puse a deambular por el lugar.

    Mientras observaba los nichos noté una opresión en el pecho. Me pregunté de nuevo: ¿qué haces aquí, Luisa? Uno de mis mayores temores era ser enterrada viva. ¿Qué hacía en el lugar idóneo para satisfacer la fantasía de algún psicópata? Deseché ese pensamiento que nada bien me hacía y fijé mi mirada en un montículo de tierra coronado por una cruz de estilo gótico. No había ningún nombre y, a su lado, otros montículos idénticos al primero permanecían sin ningún tipo de identificación. ¡Qué horror! Como si no fuera suficiente estar muerto, ni siquiera había forma de saber quién tenía toda esa tierra encima. Era triste.

-Olvidar a alguien es otra forma de matarlo. -me dije, en voz baja, apenas audible mientras me alejaba.

-Completamente de acuerdo. -escuché a mi espalda.

  Casi me da un patatús. Ahí, sentado en el banco dónde minutos antes yo había estado llorando, un chico me miraba fijamente.