Foto post-mórtem

¿Alguna vez habéis maquillado a un muerto?

Yo sí. De hecho, me dedico a ello.  

Lo hago desde que tengo establecida la coordinación de ambas manos y de que me di cuenta de la nobleza oculta de esta profesión. Me enseñó mi padre. Sí. Maquillar muertos. Como el que tengo delante ahora mismo. Es un hombre, aunque muy cercano a una escultura de cera. Pelo canoso. Piel amarillenta y acartonada, surcada con huellas de la edad y del inevitable paso del tiempo. Saco mi brocha y le ruborizo las mejillas, en mi afán por disimular esa palidez mortal. No resulta especialmente escalofriante. Se trata de un hombre que murió de anciano, dormido, con una expresión de paz que resulta abrumadora. De repente, entra mi padre, silencioso como siempre, limpiándose las manos con un paño. Es un tipo amable y robusto, con un rostro en estado de sorpresa permanente. La cámara de fuelle aguarda, expectante, a capturar la macabra imagen.

-¿Cómo vas, Agnes?

-Ya estoy terminando. -respondo. Deslizo el dedo de la belleza por las mejillas del difunto para extender el resto del maquillaje y adecento su corbata. Perfecto. Bueno, lo estaría si estuviese vivo, en mi opinión.

-Los Leblanc están esperando para hacerse la foto. -me sonríe ligeramente. -Ve a recibirles, querida.

 

Dejo los pinceles y me seco las manos en el delantal, porque corro el riesgo de limpiármelas en el rostro ya de por sí sucio. Estoy cansada. Bajo mis ojos grisáceos asoman violáceas ojeras delatoras.18254194_10213253137381839_1000811315_n.jpg

Antes de salir, mi padre me coloca la mano el hombro.

-Memento mori, Agnes.

-Memento mori, padre.

Es una especie de saludo. Recuerda que vas a morir. Solemos olvidarlo con facilidad. La cercanía a la muerte nos hace creernos, a veces, inmortales.

Asiento con la cabeza mientras salgo de la estancia, donde el incienso impregna el ambiente. El olor a incienso me parece innecesario, pero a mi padre le relaja.  Siempre dice que la sala donde preparamos a los difuntos debería ser una antesala al cielo. Como una sala de espera donde te ponen guapo para ver a Dios o qué sé yo. Para mí, este olor se mezcla con todos los demás: maquillaje empolvado, sudores fríos, el olor a madera y a serrín de las mesas viejas y el olor a formol y ciprés.

Un matrimonio gris, apagado y triste me espera en el recibidor. Hablan en susurros, cogidos del brazo, como ratones asustados.

-Monsieur Leblanc, madame. -saludo con la cabeza. Ellos me devuelven una mirada cortés y fría. -Monsieur Leblanc, su padre está preparado.

No sé por qué, pero al decirlo me siento como si estuviese hablando de alguien que estuviera vivo. Me siguen, silenciosos aunque calmados, hasta donde mi padre ha colocado al difunto. La escena es cuanto menos siniestra para cualquier persona ajena a este trabajo, pero que para mí resulta inusitadamente cotidiana. El difunto, antes tumbado en una mesa, ahora está sentado en un sillón de terciopelo rojo, mirándonos con una extraña expresión en su rostro sin vida, como pidiendo perdón por estar allí, con la cabeza sujeta al respaldo mediante hilos apenas visibles, dándole una apariencia de vida en la muerte. Noto la tensión en el aire. La señora Leblanc reprime un sollozo  y puedo percibir que en sus ojos se asoman unas lágrimas. Rápidamente oculta el gesto tras un pañuelo. Mientras proceden a colocarse para la foto, a ambos lados del difunto, yo puedo por fin descansar apoyada en la pared. Mi padre se coloca detrás de su enorme cámara.

-Señora Leblanc, mire aquí. -su voz suena profesional, metódica, pero cálida. -Así. Perfecto.

Realmente no hace fotografías, sino daguerrotipos: es un proceso mediante el cual se obtiene una imagen en positivo a partir de una placa de cobre recubierta de yoduro de plata. La realiza, la revela y los clientes ya tienen a su difunto congelado para ellos como estuvo en vida. La sociedad de la apariencia, donde la muerte es casi hasta un privilegio y te hacen fotos por ello. De pequeña me encantaba ver como mi padre revelaba los daguerrotipos. De pequeña, este trabajo me parecía un juego. Una danza macabra dónde yo jugaba a resucitar muertos. Ahora me parece un modo romántico de preservar la vida aparente de un difunto.. Pero es todo mentira. El muerto está muerto.  

Cuando mi padre termina y está despidiéndose de los Leblanc, yo termino de recoger y limpiar la sala. El señor Leblanc, el difunto, ya está de camino al cementerio.

-Por fin puede descansar.

-¿Qué dices? -mi padre acaba de entrar, igual de ojeroso que yo.

-Que por fin puede descansar. -repito. -A veces me da la sensación de que aquí solo perturbamos su paz.

-Recuerda que no trabajamos para los muertos, sino para los vivos. -replica mi padre y me da un beso en la sien. -Buen trabajo hoy. Los Leblanc se han ido muy contentos.

-Padre, dudo que la palabra contento sea la más acertada.

-Tú me entiendes.

Ladeo la cabeza mientras él se ríe. Puede que parezca irrespetuoso reírse en una situación así, pero tampoco hay mucho por lo que reír. La cercanía a la muerte no inhumaniza: simplemente, recordamos lo real, lo palpable que es. Se escuchan truenos fuera, el ruido de la lluvia golpeando los cristales. Su sonido hace trepidar la tierra.

-Acuérdate de cerrar, Agnes. Yo me voy a dormir. Hasta mañana.

-Descansa, padre. -digo mientras me coloco un mechón detrás de la oreja. Oigo cómo sube pesaroso los escalones y se mete en su habitación. La estancia queda sumida en un silencio mortal.

Roto, súbitamente, por unos nudillos en la puerta principal.

Me sobresalto. Es extraño que alguien llame a estas horas de la noche, cuando el sol acaba de caer y las luces iluminan París. No obstante, me dirijo hacia la puerta. Al abrirla, emerge una figura en mitad de la lluvia y de la noche, tenuemente iluminada por algunos rayos. Un metro cincuenta, no más. Cabellos ensortijados, de un precioso color cobrizo. Unos ojos azul pálido abiertos de par en par. Una sonrisa rota en un rostro pequeño y rosado. Una niña de unos diez años me mira a través de esos ojos helados.

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-¡Pero..! -logro articular, sin salir de mi asombro.

-No.

-Pequeña ¡es de noche y llueve! ¿Dónde están tus padres? -le pregunto. Estoy preocupada. A pesar de que la niña va abrigada la lluvia baila por sus mejillas.

-No quiero ser hermosa.

Enmudezco  y me quedo mirándola fijamente.

-¿Qué?

-No quiero ser hermosa, porque no lo soy. -murmura con una voz de ángel.

“Desvaría. Tiene fiebre”, pienso. Le toco la frente pero está helada. Seguramente por la lluvia.

-Pequeña, pasa. Te traeré una manta. -dejo la puerta abierta para que me siga y subo corriendo a la habitación de mi padre, que a pesar de estar en la cama, no está dormido todavía.

-¡Agnes!

-¡Padre, hay una niña abajo! Está sola, muerta de frío. -apenas me detengo, cojo un par de mantas. -Es pequeña, deberíamos avisar a la gendarmería.

Apenas desciendo las escaleras, todo ha cambiado. Bueno, en realidad solo una cosa.

La niña.  No está. La puerta sigue abierta, enmarcando la tormenta del exterior. Los rayos iluminan la noche y rompen su quietud. Me quedo sin habla, pensando en si he soñado esto.

-Agnes ¿qué..? -su asombro se torna bostezo.  

-Estaba aquí… aquí mismo. Se habrá ido corriendo o.. -me asomo a la calle, pero mi padre cierra la puerta y me coge la cara con ambas manos.

-Agnes, estás cansada. Llevas trabajando todo el día. -me abraza levemente, algo impropio en el. – La noche confunde, con sus sombras y sus luces. Venga. Acuéstate.

Pero mientras me lleva al dormitorio, como si volviese a tener cinco años, no puedo evitar pensar en esos ojos azul pálido que se clavan en el fondo de mi alma.

Me levanto cansada y asustada. Apenas recuerdo nada de lo sucedido ayer. Nunca he dormido demasiado bien. Ni mi padre ni yo. Nuestra capacidad de insomnio es sorprendente. Apenas sucumbo a esa falsa muerte que es el sueño.

-Buenos días, Agnes. -saluda mi padre con voz jovial. Mientras me siento a devorar mi desayuno, sigue hablando. -Hoy tenemos un encargo de parte de la familia Marchant.

-No sé quienes son.

-Pues están a punto de llegar.-apura su café.- Hoy da lo mejor de ti. Voy a preparar la cámara. Memento mori, hija.

Termino mi desayuno y me visto adecuadamente para mi trabajo un día más. Me recojo mis desordenados mechones rubios en un moño que sé que en poco se me va a deshacer. La familia que espera en la entrada, los Marchant, llevan ropas regias aunque sobrias. Ambos parecen tremendamente acongojados. Muestro mi mejor sonrisa (que en este caso, suele ser una mezcla entre línea recta inexpresiva y sonrisa rota).

-Buenos días, monsieur Marchant. Madame. -me inclino. -Lamento mucho su pérdida. Mi nombre es Agnes, me encargo de la preparación del difunto.

-Buenos días, mademoiselle. -saluda el elegante caballero de triste rostro. -Gracias. Ha sido tan repentino…

-Fue un accidente… está irreconocible… esperemos que salga bien para la foto… -añade la señora, compungida a su pesar. Se nota que la fotografía le pone nerviosa. La muerte a veces saca un lado de nosotros que no esperaríamos. Ha perdido a un ser querido, pero le preocupa igualmente que la fotografía no sea de su agrado.

De mi boca solo salen palabras vacías. He visto esta escena cientos de veces. Algo en mi interior, una voz insistente, me avisa de que esta vez será diferente, pero no le hago caso y mientras los mozos traen el cadáver del difunto para colocarlo en mi mesa de trabajo, me doy la vuelta. No suelo ver al difunto hasta que lo tengo delante y estoy sola. Los mozos dejan un cuerpo envuelto en una manta azul y se van. Inspiro hondo y me voy la vuelta.

Lo primero que me llama la atención es su tamaño. Es inusualmente pequeño. Se me erizan los pelos de la nuca y trago saliva. No me gusta maquillar bebés, algo que es muy frecuente en esta época. Aunque el bulto no es excesivamente pequeño. La mortalidad infantil es bastante común. Aparto estos pensamientos de mi mente y me dispongo a trabajar.

Lo siguiente que recuerdo es gente corriendo a sujetarme. Gritos desgarradores que hacen retumbar la casa como los rayos de la tormenta que precedió a aquel día y que de repente me doy cuenta de que su origen es mi garganta. Recuerdo oscuridad y luz, y todo el olor a muerte rodéandome.

Y unos ojos azul pálido que me miran desde el otro lado de la vida.

Para algunos la muerte es un trámite innecesario, teñido de oscuridad y lágrimas saladas, pero para mí en este momento, esa afirmación carece de sentido. La muerte es piadosa , ya que una vez partes,  no hay retorno. Pero para mí, que acabo de traspasar este túnel oscuro,  esta experiencia de muerte real, no volverá a haber paz.

 

Lucía Ballester 

La tiranía del LIKE

Vivimos en una sociedad de la apariencia, en la cual todos participamos en mayor o menor medida (y quien diga lo contrario, miente). Los ególatras son unas víctimas fáciles y predecibles de las redes sociales. También los que buscan llamar la atención. No hablo de aquellos que comparten sus logros, sueños, sus creaciones, su trabajo o incluso fotos con amigos. Hablo de esas personas que usan las redes sociales como herramienta de autobombo, de subida de moral vacua y superficial. De gente ávida de likes y capaz de cualquier cosa por el aplauso fácil. Cuando alguien hace algo bueno e inmediatamente comparte fotos en redes sociales de “mira qué buena que soy” o “mira, he ayudado a gente, oh, he pasado un día con una persona y luego vuelvo a mis banalidades, qué generoso que soy”.

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Los verdaderos héroes son aquellos que no presumen de sus buenas acciones, que no esperan esa palmada en la espalda, ese like vacío y carente de significado. Yo hace tiempo estuve obsesionada con los likes, como si los likes me diesen de comer. Pensaba que si un selfie mío tenía pocos likes, es que era fea. Osea, más absurda no podía ser. ¿Y esa gente que comparte fotos de voluntariados pero luego te la pegan por privado? Mis preferidos. Si eres buena persona y te apetece presumir, bueno, pero es que encima me encuentro con personas que son malas,que son falsas y viperinas y aun así pretenden hacernos creer que son las más santas. Y eso, señores, forma parte de la tiranía del like, de ese “oh, qué bien lo haces, que buena eres”. Y eso es lo que les convierte en una sociedad de la apariencia, sin fondo.
Sin nada.

El abrazo | Una foto, una historia.

16804885_10212425226844593_162316673_oLas lágrimas sobre tu hombro suave , la sonrisa rota, los brazos enlazados, como esos recuerdos que atrás dejamos en esta ciudad, que sea ella la que hable. ¿Se están despidiendo, se están encontrando se están uniendo, se están separando?  Quién lo sabe. Quién sabe lo que se esconde tras esos dos cuerpos a cero centímetros de distancia. Ella se aparta, él le seca las lágrimas. Las manos me tiemblan cuando saco la foto de este festival de lluvia ocular, caricias y luz mitigada. ¿Quién se está yendo? ¿Quién se queda? Tantas preguntas sin respuesta, en el aire ebrio de incertidumbre. Parejas festejando San Valentín con absurdos globos rosas y esta pareja envuelta en una neblina invisible de emoción intensa.

Tal vez ninguno se esté separando. Tal vez sea temporal, tal vez se verán mañana con la primera luz del día. Tal vez no se volverán a ver nunca. Pero nada de eso importa  Porque sus almas siempre estarán entrelazadas sin problemas de tiempo, espacio, ni distancia. Y todo esto gracias a ese abrazo.

 

Lucía B.

Aviones

52b5e7117680cbd7faaa5d46510918a4Éramos dos aviones,
sin torre de control, sin piloto, sin aeropuerto,
volando furiosamente por el firmamento.
Y tuvimos la suerte de chocarnos en pura felicidad.
Cuando el mundo nos quiere tumbar,
tan solo emprendemos juntos el vuelo.
Nadie nos puede quitar el rumbo que nuestras vidas han tomado

 El cielo es amplio y azul

Y no es lo suficientemente grande como para contener mi gozo

que se funde con las nubes blancas
que se escapa entre los dedos como la brisa

Nos despedimos
bajo las blancas y frías luces del aeropuerto
Por suerte
nuestros corazones ardían
y mitigaban el frío que nos rodeaba

como un abrazo gélido
Pronto volveremos a vernos
Hasta entonces
Nunca dejes que esa llama se apague
Hasta que el avión aterrice
Y estemos todos a salvo

 

Relato navideño

Nunca olvidaré aquel 24 de diciembre.

Nunca olvidaré lo que sentí.

La noche anterior resplandecía con un fulgor extraño. Llevaba todo el otoño esperando a este día. En otoño, los vientos susurraban cosas secretas mientras las hojas rojizas bailaban entre sí hasta morir en el frío suelo de piedra. Pero en invierno, la nieve caía como maná del cielo, teñía toda mi ciudad de un blanco brillante, marmóreo y esponjoso.

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La noche anterior a Nochebuena, bajo una luna embarazada y lechosa, apenas podía dormir. Nochebuena y Navidad siempre eran sinónimos de reuniones familiares largas y agradables, ante el calor de la lumbre y copiosas cenas. Incluso a pesar de haber abandonado mi edad tierna hacía tiempo, seguía emocionándome como una niña de seis años.

Esta época significaba luces, alegría, carestía de espacio para lo malo. Significaba ver a esa tía un poco gruñona y a ese primo que hacía meses que no veías y con el que reías por cualquier estupidez. Y sobre todo, ver a mi abuelo Vincent. Era mi mejor amigo, siempre me estiraba de los mofletes, tuviera la edad que tuviera, lloraba si le dabas un abrazo y te daba dinero a escondidas para que pudieras degustar tus chocolatinas favoritas. Una excitación creciente se apoderó de mi yo de veinte años en cuanto me levanté el día 23.

Mi desayuno me esperaba como cada mañana. Mi madre, en lugar de darme un beso, estaba de espaldas a mí, fregando los platos a pesar de que se reducían a dos tazas y varios cubiertos y esta tarea era típica para ella o mi padre realizarla por la noche. En la radio, se escuchaba el inicio de “This Christmas”, de The Temptations. Mi madre seguía sin mirarme.

-¿Mamá?

Vi sus hombros contraerse en cuanto mi voz rompió el silencio que reinaba en la estancia. Mi padre no estaba. Por fin, mi madre se dio la vuelta. Tenía las mejillas encendidas y los ojos teñidos de rojo. Era evidente que había estado llorando.

-Mamá ¿qué te pasa? -pregunté, algo asustada, mientras sostenía la taza caliente con la mano.

Ella me miró largamente y se sentó a mi lado.

-Karin. -empezó, tragando saliva. -Mira, el abuelo Vincent se ha puesto muy enfermo. Lo han llevado al hospital. Tu padre está con él.

La taza se resbaló de mis manos, pero por suerte pude detenerla antes de que cayera al suelo y se rompiera en mil pedazos, como estaba sucediéndole a mi mente en ese momento. Pero eso sí que no pude detenerlo.

¿Nunca habéis notado cuando las lágrimas quieren salir por los ojos pero tú no quieres? Esa lucha interior que hace estremecer tu cuerpo y que enmudece hasta tus pensamientos. Una fuerza súbita emerge del fondo de tu garganta y te aprisiona las cuerdas vocales, retorciéndolas a su antojo.

-Pero… ¿es grave? -pude articular con la voz más impasible que pude fabricar y aun así, sonó drásticamente rota.

Mi madre me acarició el hombro mientras buscaba las palabras adecuadas.

-Sí, es grave. Lo siento, Karin. -ella también trataba de poner su mejor tono, pero fue inútil.

Esa mañana volví a tener seis años, porque me derrumbé sobre el regazo de mi madre y no cesó de llover en mis ojos hasta que me hundí en la oscuridad del sueño.

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7 ideas para bodas no convencionales

Quien me conoce bien sabe que tengo una obsesión malsana por las bodas. Tuve mi época de querer ser organizadora de bodas. Siempre con toques especiales y únicos, que hicieran de esa boda, su boda… el día más feliz de su vida. Aquí os dejo algunas ideas comentadas de peinados, catering, regalos, vestidos… una muestra de cosas que yo misma utilizaría. ¡Espero que os inspire!

  1. Una tarta diferente

Toda boda perfecta necesita una tarta que, aparte de que debe estar buena, debe ser visualmente atractiva. ¿Cansada de la típica? Te propongo tartas de inspiración rústica, que le darán un toque inolvidable a tu mesa y que, sin duda, te dará pena cortar

2. ¿Quién quiere el ramo?

Tirar el ramo en una boda es un famoso y hollywodiense ritual americano que muchas quieren emular. Deshazte del típico ramo de rosas blancas o magnolias e inspírate con ramos de todo tipo, a cada cual más original. ¿Mi favorita? Algo sencillo y de colores crudos, que acompañen (y no empañen) el vestido.

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3.¿Qué me pongo?

Posiblemente una de las elecciones más personales de una novia. El vestido debe ser único, debe acompañar su personalidad (y en mi opinión, debería ser cómodo). Pero si no quieres llevar el típico, aquí te dejo unos que te inspirarán.¿Mi favorito? Suelto, de tul o encaje, de inspiración bohemia.

4. ¿Y en la cabeza? ¡Más flores!

¿Coronas de flores para la novia? ¡Hell yeah! Un colorido tocado en un peinado perfecto le dará el toque final, alejado de las extravagancias de una tiara o de la sobriedad excesiva de un moño.  Otra buenísima opción es lucir el pelo con mantilla blanca en lugar de velo. Un tocado siempre nos dará una apariencia bucólica y romántica ¡Queda bien con pelo suelto o recogido! Para muestra, unas imágenes (las cuales también dan ideas para un bonito vestido!

5. ¡El convite!

En cuanto elegimos el lugar (y si nos dejan decorarlo a nuestro gusto, mejor) ya solo queda dejar volar la imaginación…

6. ¿Y de regalo?

Aquí conviene no calentarse excesivamente la cabeza… ¿o sí? Sorprende con regalos originales, de buen gusto y por supuesto, aderezados con un bonito envoltorio. ¡Que los invitados se lleven un buen recuerdo!

en la aplicación Pinterest hay mil ideas ¿por qué no echáis un vistazo?https://es.pinterest.com/

7. Y por último..

La actitud. Es un día especial, pero tampoco es la gran cosa. Centrarse exclusivamente en la decoración, mesas, centros de mesa, flores y demás no garantizará un día divertido y especial. Prepararse para ese importante paso es clave. Lo importante es recordar la esencia de ese día: que es un día en el cual dos personas se unen para siempre y deciden compartir el resto de sus días juntas. Pero eso no quita que la boda pueda ser así de bonita ¿verdad?

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Lucía B.

¿Algún día… mis libros?

tumblr_m4p3kqHoVK1rof1n9o1_500El otro día, mientras pasaba distraídamente las hojas de un libro añejo caí en la cuenta de una cosa. Algo que nunca me había planteado seriamente. Cerré el libro y lo miré. Se trataba de Trópico de Cáncer, de Henry Miller; una preciosa edición antigua con una tapa dura, verde y suave, que adquirí por un irrisorio precio en un mercadillo solidario animal. Una buena novela, muy bien escrita, tal vez con la palabra “vagina” en su versión más vulgar repetida demasiadas veces.  Pero al fin y al cabo, buena.

Pensé: ¿algún día alguien comprará una novela escrita por mí? ¿Pagará un mísero euro, o dos, o siete? ¿Algún libro yacerá olvidado en un mercadito, con las páginas duras y de un color desvaído y alguien se enamorará de él?  Paseé la mirada por mi estantería: la excelente “Del amor y otros demonios”, la elegante y siniestra novela de “El perfume”, best-sellers como “Bajo la misma estrella” o libros que apenas nadie conoce como “Edad prohibida”, pero que son puros tesoros. Recorrí con ambos ojos todos los títulos que aguardaban en el blanco mueble con silenciosa paciencia a ser leídos de nuevo. ¿Estaría algún libro mío, alguna vez, en la estantería de alguna chica solitaria, sensible y soñadora, amante de sus páginas y su dulce olor?

Mi mente dice que no, que es muy difícil. Que me deje de libros que siga con los apuntes de Empresa que también esperan a ser leídos en mi escritorio. Pero el pensamiento me angustia y me presiona. Y me doy cuenta de algo: si tienes un sueño, no basta con soñarlo.

Hay que luchar. Trabajar por él. Pero también ponerse metas alcanzables. Y ¿realmente soy capaz de hacer algo así? ¿De escribir buenas novelas, buenos ensayos, guiones o incluso alguna obra de teatro? Muchas veces pienso que no. Que tal vez llegue a diez personas, veinte como mucho, algún pensamiento perdido en este blog. Que tengo madera, pero no termino de desplegar las alas, porque me pesan demasiado y temo caerme en pleno vuelo, destrozándome en mil pedazos. Ya tengo demasiados pedazos cosidos.

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Pero otras veces, sueño con lograrlo. Cada día me pongo objetivos fáciles. Los cumplo y voy progresando. Hago mis pinitos. Veo resultados y algunos fracasos. Sigo formándome en algo que me acompañará siempre.  Tal vez es prepotente pensar que puedes cumplir un sueño. Yo lo llamo ser valiente.

Escribir. Menudo sueño. Vender libros, saber que tus escritos llegan a la gente y les puede ayudar. Que alguien te recuerde mientras, distraídamente, pasa las páginas de un libro que salió de tu pluma y, sobre todo, de tu alma.

Algún día.

Lucía Ballbell