La chica de rojo | Una foto, una historia

Allí estaba. En mitad de la plaza de San Pedro. Entre tanta gente, tan desapercibida  y sin embargo, con algo especial. Ella no miraba a los fotógrafos que se agolpaban y quedaban maravillados ante su fotogenia, o a los chicos que trataban de atraer su atención con miradas y codazos.

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La persona real que inspiró este breve relato | fotografía: Lucía Ballester

Ella no parecía ser consciente de su propia fuerza y belleza. Ella tan solo cantaba. Un hermoso sonido emanaba de sus labios pintados en un rojo intenso sobre el lienzo blanco que era su rostro.

Un rostro armónico, ojos grandes enmarcados por unas cejas poderosas. Una mirada serena, un poco triste, concentrada en un punto inexacto, como si estuviese mirando algo que nadie más podía ver. Una nariz menuda y un pelo vestido del sol de la mañana romana. Y cantaba, ambientando la ruidosa plaza con un sonido de atmósfera celestial. Un canto gregoriano con acento escocés. Como si hiciera suya la frase de Celeste Carballo: “Artesana de la vida quiero ser, cantar historias que vivan, sentir las cosas que diga”.

¿Qué por qué cantaba? Qué sé yo. Tal vez quería estar más cerca de Dios. Tal vez necesitaba expresar algo que solo la música puede expresar, con ese lenguaje que llega al alma. Tal vez proyectaba su voz para que alguien perdido y solo se sintiera rejuvenecer de repente. Tal vez tenía algo que sacar de su corazón. No buscaba la fama. No buscaba las fotos. La chica de rojo tan solo cantaba.

¿Qué por qué cantaba? Qué sé yo.  Yo solo la miraba.

Lucía Ballbell

 

La loca del café

Me he servido una taza de café, a pesar de que lo detesto. Dicen los mundanos que esta bebida cálida y amarga te despierta y, francamente, necesito abrir los ojos para escribir esta historia. Una historia especial, mía, personal, y de hechos reales. Una historia triste y azul, como aquel felino de la famosa canción de Roberto Carlos. Una historia que no puede ser escrita por una burda imitación de una muerta viviente. Preciso de toda mi condición mental, que, siento decepcionar a la audiencia, tampoco es demasiado sana. Ya lo habrán averiguado: ¿qué clase de persona deja resbalar por su garganta un líquido oscuro que detesta? No lo sé.

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Tal vez es que tocar la taza caliente me reconforta de un modo extraño. Tal vez es que un escritor debe beber café para considerarse tal, pero que quieren que les diga, prefiero mil veces el chocolate caliente con nata. Desgraciadamente, éste me adormece. Y no puedo dormir. No debo dormir. Llevo haciéndolo demasiado tiempo.

Me siento en una silla que cruje, como mis torturados huesos bajo mi piel desvaída. Tengo mi ordenador delante. Dejo la taza sobre la mesa y pienso en mi historia.

En nuestra historia.

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Es el inicio de mi novela: “La cruz azul”. ¿Os gustaría verla acabada? Os prometo que a finales de año estará. Bueno y si no, acabaré otra que es secreta y no le queda mucho 😉

D de Destino | Minipost

  Dicen que todos tenemos un destino. Incluido tú. Algunos piensan   que somos tumblr_l9oah6LFlg1qbaixbo1_500marionetas en manos de Dios, otros que simplemente  que flotamos en el universo de forma casual, como pequeñas estrellas. Leí una vez: “Si  quieres algo, si es tu destino, lo tendrás”. Soy de las que piensa que  eso existe pero ¡venga ya! Al universo le va la marchuqui. La vida se  mueve a un ritmo distinto, los planes de Dios no son los nuestros y  parece que cada vez que me acerco a ti, te desvaneces como un mal  sueño. Bromas del destino, tal vez.

Lucia BallbelL

Kirjoita otsikko

Nació en una aldea finlandesa de nombre impronunciable.

Fue en Suomi, lerdo. Posiblemente sea la aldea más sencilla de toda Finlandia.

Ah, pues no era tan difícil…

Eso te pasa por exagerar.

Quería darle emotividad al asunto

Madre mía…

Bueno ¿me dejas continuar?

Claro, dale.

Nació en una aldea finlandesa de muy fácil pronunciación llamada Suomi. No tenía padre, y al nacer, su madre murió. Los ancianos de la aldea llamaron al bebé Kalevi.

Por Dios qué dramático

Lumi, así no hay que cuente una historia.

Es que tardas mucho. ¿Cuando salgo yo?

Mira, me voy a saltar el principio porque si no.

Bien, bien…

Un día llegó a Suomi una cara nueva.

Siri Nilsen - Alle Snakker Sant (1)Era una niña extraña, con la piel blanca, pero no como una persona enferma o débil, sino como una escultura de porcelana, una preciosa muñeca hecha de nieve o incluso una criatura bañada en leche serían descripciones más apropiadas. Aunque la expresión de su cara sí que era algo enfermiza, como si llevara días sin comer o con fiebre. Tenía una frente algo más amplia, un rostro en forma de corazón, con el mentón ovalado, las cejas finas, la nariz pequeña y discreta y la boca alargada y esbozada en una sonrisa burlona. Ah y sus ojos. Tenía los ojos muy grandes, redondos y de un suave color azul grisáceo. El pelo, de un precioso color rojizo, le llegaba hasta los hombros, cubiertos por un sencillo vestido blanco de volantes. Todos la miraban asombrados. Incluido Kalevi. Él tenía los ojos azul pálido y era completamente rubio, como todos los otros niños de Suomi. Incluso había niños con pelo casi blanco, y también había mucho ojos verdes, aguamarina y grises. Aquela niña no era especialmente guapa, aunque tal vez era el augurio de una futura belleza. La miraras por dónde la miraras, llamaba la atención. Kalevi no podía apartar los ojos de ella.   

-Esa niña será una belleza. En cuanto crezca, coma, juegue y se enamore. murmuró la señora Hekki a su compañera de chismes.  Kalevi comprendió que tenían razón.

¿De verdad dijo eso la señora Hekki?

Pues sí, pequeña listilla.

Vaya. Pensé que me odiaba.

Lo hacía.

Ah.

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Parte de una idea que se me ocurrió ayer. Desgraciadamente, no está fraguando. Pero no podía quedar escondido. Que llevo demasiados días sin escribir nada.

Buena tarde a todos

Lucía B.

El espejo de Nina |relato corto

Ninas-030Yo era una niña normal. Bueno, dentro de mi cosmovisión, yo era perfectamente normal. Mis padres opinaban de forma distinta. Consideraban que hablar con amigos imaginarios, dedicar parte de mi valioso tiempo a pensar en la muerte y estar siempre sola, era motivo suficiente para declararme totalmente loca, sin remedio y para internarme. Lo peor de todo es que tenían razón. Yo estaba loca en su mundo. Pero en el mío estaba perfecta. Era una Alice Liddell dentro de mi espejo y ellos eran los locos. Pero en la Inglaterra de los años 30, estaba más de moda el electroshock que la comprensión parental.

lacastaedabg0Me llevaron a un edificio gris de piedra, enorme como un castillo. Tenía bonitas ventanas con barrotes, sin balcones. Había geranios rojos en el jardín. Por lo demás, parecía una cárcel.

-¿Qué te parece, Nina? -me preguntó mi madre con voz cargada de culpa.

Yo simplemente la miré con mis ojos verdes.

No dije nada. Me costaba mucho hablar, porque cada vez que abría la boca, ponían los ojos en blanco o se enfadaban. Formaba parte del tinglado de “estar loca”. O a lo mejor es que simplemente no me salían las palabras. Intenté decirle a mi madre con la mirada que aquel sitio no me gustaba, ni a mí ni a Rick, uno de mis mejores amigos imaginarios que había venido conmigo. Mi madre esperaba una respuesta. Intenté suplicarle con mis ojos brillantes que me llevara a casa, que yo no había hecho nada malo. Pareció entenderme, porque hizo un gesto con los labios y desvió sus ojos de los míos, como si mirarme le costara un tremendo esfuerzo.

Rick tiró de mi manga. Era un chico rubio, de grandes ojos castaños y vestía una camisa abotonada y bombachos marrones. Llevaba conmigo desde que tenía memoria. Señalé el edificio y él negó con la cabeza. Me detuve y mi padre resopló, exasperado.

-¿Qué pasa? Nina, vamos…

Despegué los labios.

-Rick no quiere entrar. Y si Rick no entra, yo tampoco.

-¡Rick, Rick, no dejo de oír hablar de él! -gritó mi padre. -Cielo… -se agachó y me miró. Creí leer comprensión en sus ojos, pero solo había pena y tristeza. -Nina, esta gente te va a ayudar. Rick puede esperar fuera.

Yo dudé. Eran mis padres. No podían hacerme nada malo. Miré a Rick y le guiñé un ojo. Él no parecía contento y sin pensárselo dos veces, me empujó con fuerza.

-¡Nina! -exclamó mi madre. -¿Por qué te tiras al suelo?

-No entres. -me pidió Rick, mirándome fijamente a los ojos. -Por favor…

-¡No he sido yo! -grité, sacudiéndome la tierra. -¡Rick me ha empujado!

Finalmente y tras mucho quejarme, entramos en el edificio. Nos recibió un hombre alto y atractivo. A su lado, una enfermera impecablemente vestida parecía ser de adorno, porque sólo habló él:

mengele1Tú debes de ser Nina Williams. -me dijo. Tenía una voz firme y delicada. -Yo soy el doctor Vance. Tus padres me han dicho que tienes unos amigos. ¿Podrías decirme si alguno ha venido contigo hoy?

    Yo me callé. Su tono de voz rayaba en la condescendencia, algo que yo ya odiaba, pues era un rasgo distintivo de la voz de la mayoría de adultos. Tenía doce años. Ya no era tan pequeña.

   -Ha venido Rick. -dije, por fin, aunque de forma insegura.

 -Ajá. -el doctor apuntaba cosas. -¿Y quién es Rick?

    Yo miré a mis padres, con cautela. Ellos me hicieron un gesto par que siguiera hablando. Así que inspiré hondo.

-Bueno… se llama Richard Sven, y…está conmigo desde que yo recuerde. -expliqué. -Es de mi edad, más o menos. ¡Ah y tiene una especie de marca de nacimiento en forma de estrella en la mano! -al ver sus caras de extrañeza, traté de mostrarme muy segura. – Yo sé que existe, aunque mis padres no pueden verlo.

Tal vez aquel señor de blanco le explicara a mis padres que yo decía la verdad.

-Entiendo. -el doctor me miró. -¿Cómo sabes que existe?

Callé. Me estaba poniendo nerviosa. Además, Rick estaba ahí. Me miraba con la pena eterna pintada en sus ojos. Estaba justo al lado del doctor. Me decía que no. Que no le dijera nada. Que me callara.

-No lo sabes ¿no?

-Sí, sí que lo sé. -y tras decirle eso, miré a Rick, dolida -¡Oye lo siento Rick, pero no voy a quedar como una loca!

-¿Está aquí? -preguntó el doctor, enarcando una ceja.

-Justo a su lado. -respondí con seguridad.

El doctor Vance miró a la enfermera que tenía al lado, que asintió con la cabeza, como si ambos estuviesen comunicándose de un modo telepático. Ella parecía triste.

   Entonces, todo sucedió muy rápido: dos personas me cogieron de la mano y el hombro y me separaron de mis padres. Ellos me dijeron adiós con la mano y escuché que decían que todo iba a salir bien. Yo grité y grité, llamando a Rick, que echó a correr en cuanto me vio así. Supuse que se había asustado, pero quería tenerle a mi lado aun así.

Entramos en una sala oscura, salvo por un luz de tungsteno que iluminaba una silla de dentista llena de correas. Reprimí un gemido mientras me ataban, de pies y manos.

-Nina, ahora escucha. -oí decir al doctor -Debes intentar relajarte -me colocó una especie de garritas en las sienes. -Esto te va a ayudar. No duele nada.

Supe enseguida que mentía. Cuando un médico dice que no va a doler, es que va a doler mucho. Noté una descarga teóricamente suave, pero que me recorrió todo el cuerpo como si hubiese metido los dedos en un enchufe. Grité. Al instante se detuvo el dolor. Estaba mareada y tenía miedo. De pronto, vi a Rick. Estaba mirándome, sin saber qué hacer.

-¡Rick! ¡Por favor! ¡Ayúdame!

7886354_f260.-Doctor Vance, parece que sigue viéndolos… -intervino la enfermera. Era la primera vez que hablaba en mucho rato. Tenía una voz cálida y afectuosa. No pegaba allí. Aprovechando que estaba cerca de donde yo tenía las manos, cogí una de las suyas.

   -Por favor… Rick existe. Rick…

    Iban preparando una nueva descarga, más fuerte. Para mi sorpresa, la enfermera me prestó atención. Rick me habló esta vez cerca, al oído:

-Dile que me busque detrás de su casa. Dónde están todos los que son como yo.

Volví a notar ese cosquilleo. Ese dolor. Demasiado. Terrible.

-Dice que…. -me costaba horrores hablar. -…le busque detrás de su casa, dónde están todos los que son como él. -repetí al límite de mis fuerzas.

    La enfermera me soltó. Sus ojos mostraban sorpresa, miedo tal vez, intriga. Yo estaba perdiendo la consciencia, pero la oí gritar al doctor. Él parecía molesto y ella preocupada, pero mis ojos se llenaron de sombras. Noté que Rick intentaba acariciarme el pelo, desde su dimensión, desde ese lado del espejo. Pero todo se oscureció de un modo pacífico y definitivo. 

12840722eH     Al día siguiente, vi a la enfermera salir antes de trabajar, sin tan siquiera quitarse sus preciosos zapatos blancos. Atravesó corriendo la calle y llegó dónde ella vivía. Dejó sus cosas y caminó hacia detrás de su casa. Vivía al lado de la Iglesia del vecindario, una preciosa ermita de ladrillos gris perla, nada como el gris feo y rancio del hospital.

Allí había un cementerio. Y allí estaba Richard Sven.

Nacido en 1910. Fallecido en 1922. Rubio, ojos castaños, según la foto de su pequeña lápida. Pero ella se aseguró. Preguntó al sacerdote, muy anciano, si sabía de él. Le dio todos los detalles. Que había muerto con doce años víctima de un extraño accidente. Que tenía una marca de nacimiento en la mano en forma de estrella. Que jamás le había contado a nadie esto. A nadie. Allí la vimos llorar Rick y yo: la saludamos con la mano, desde nuestro lado del espejo y, cogiéndonos la otra, fuimos a perder la cabeza juntos.

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Fin.

Lucía Ballbell

Díselo (¿o no?)

-Hoy voy a verle…
-A-ham…
-No. -me replicó mi amiga. -Nada de “A-ham”. ¿Quieres que le diga algo?

“Dile que lo siento. Que nunca quise nada de esto. Que me equivoqué en todo. Dile que las cenas, los poemas y las notas eran para bien. Dile que lo siento. Que luché como alguien que lucha por su vida, como un león acorralado, como un gladiador en la arena manchada de sangre roja de otros que ya cayeron antes. Dile que casi enloquezco, si es que puedo llegar a enloquecer más de lo normal. Dile lo mucho que lloré y me levanté, tantas veces, tantos días y que si me secaba las lágrimas y sonreía era porque tenía fe. Dile que nunca me fui, que mientras las olas me arrastraban , seguía agarrada a una roca tan abandonada como yo. Dile que así fue.

20150207-013217-5537845.jpgQue mi mente, corazón y alma destilaba verdad. Dile que sus ojos de hielo atravesaban mis barreras defensivas. Que una mala cara era capaz de arañarme. Que una sonrisa derrumbaba mi muro de protección, hecho de “nunca máses” y que lo que acero parecía se convertía en cartón piedra. Dile que lo siento.

Dile que perdono también sus faltas, que nunca lo fueron realmente. Dile que ya intenté todo y también intenté nada… y nada funcionó. Que el esfuerzo me agotó, que ya no quedaba más. Que mis enfados eran puro miedo. Que lo intenté… De verdad que lo intenté… Pero nadie más. Dile que al final cambié, a un alto precio. Dile que si algún día me echa de menos, mis locuras, mis mimos, mi conversación, mis defectos, mi torpeza, mi resisencia, mi amor, mi incorregible forma de ser… Dile que si quiere volver, que vuelva, pero…
Dile que lo siento.
Simplemente… que lo siento.

Me lo pienso. La miro y sonrío.
-Nah,,, mejor no le digas nada.