Hamartías

He cometido muchos errores en mi vida. Tal vez demasiados, y tal vez, aun demasiado pocos. El ser humano tiene un miedo atroz y visceral a equivocarse y yo no soy ninguna excepción. De lo contrario, sería yo una criatura excepcional y no lo soy. Pero los errores son eso: errores. Algo que cometemos y que, al darnos cuenta de lo terrible de sus consecuencias, nos percatamos igualmente que no deberíamos haberlo hecho.

Hamartía viene del griegoαμαρτία” y significa “error trágico” o “error fatal”. Se utiliza mucho en literatura y yo, desde que lo leí aquel verano de 2014 en la novela “Bajo la misma estrella” de John Green, soy la personificación del término.

Y es que ¡los errores tienen tan mala fama! Sentimos que cuando cometemos un error, cometemos literalmente un “error fatal”, algo terrible e irrecuperable y los remordimientos nos muerden hasta en partes del cuerpo que antes ni notábamos. Y es verdad. Los errores son algo de lo que no nos sentimos orgullosos. Yo de hecho me avergüenzo de todos ellos, de esa vergüenza que recorre tu cara con surcos carmín y deja tus ojos a punto de llorar.  Incluso he herido a personas que quiero, incluso aun tengo restos de lluvia en mis ojos… Errores, ay… Qué malos que sois. Pero no son solo “malos”. También pueden ser buenos. 

Ah, ya me veo cejas enarcadas, muecas de disgusto e incomprensión: ¿qué dice esta loca? Bien, esta loca, en cuya biografía de Twitter e Instagram se define como una “hamartías maker” (algo así como “máquina de hacer errores fatales”) sabe de lo que habla porque, precisamente, me precede una breve pero intensa experiencia. Los errores pueden ser fatales, sí. Podemos cagarla estrepitosamente y aun así, podemos verles el lado positivo. Incluso a mí misma esta idea me resulta difícil de creer. Pero es dolorosamente cierta.

Y ojo, no estoy diciendo que cometer errores sea algo bueno y que debamos hacer. Si hemos cometido un error fatal, aprendemos, pedimos perdón, y nos enmendamos. Aun habiéndolo perdido todo, podemos ganar algo. El crecimiento solo se consigue con cambios. Y algunos cambiamos a bofetadas o incluso a verdaderas palizas. Asumir los errores cometidos ayuda a que el doloroso recuerdo de los mismo no te atormente todas las noches. ¿Nunca habéis hecho algo y luego os habéis dado cuenta del terrible (exacto, error) que habéis cometido? No hay sensación más desagradable, sufrir uno mismo y hacer sufrir a los demás con ello.

Lo que importa no es solo el error que cometemos. Es qué hacemos para generar un cambio positivo en uno mismo.

Porque no hay error más grande que creer que somos perfectos.

Porque no hay “hamartía” fatal que no sirva para algo. 

 

Lucía Ballester

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