Vuelta de tuerca para el amor

large Ha muerto el amor. En nuestra contemporaneidad 2.0, la perfección de las fotos de Instagram, las palabras  bonitas por WhatsApp y los fríos emails han tomado posesión del romanticismo o incluso han acabado con él.  Usurpación indebida, o tal vez, inevitable. Tal vez no haya muerto el amor, pero en muchos casos ha renacido  como un amor digital, plagado de emoticonos, largos silencios, últimas horas de conexión y celos por fotos  ajenas. No hay olor, sonidos, piel. Solo pantallas que brillan como estrellas, notificaciones con sonidos irritantes  y esa angustia de “lo ha leído y no me contesta, posiblemente me haya engañado con diez personas”. Mil formas  de comunicarse, mil formas de amarse, o al menos de decírselo. Mil formas de pedirse citas y que luego puedan  rechazarte en tres redes sociales distintas. Todo muy romántico.

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Quiero volver a las cartas. Al dejarse los dedos escribiendo con  bolígrafos o plumas, no partirse los pulgares con el teclado de una  Blackberry. Esas cartas con olor a perfume, a café o a papel nuevo,  con manchas de dedos y arrugas, pues no todo lo bello tiene porqué  ser perfecto. Volver a las cenas a la luz de las velas, con cantos de  cigarras de fondo (vale una lista de reproducción con sonidos  pregrabados) volver a los bailes de instituto, que en España es,  bailar lentamente bajo la araña del comedor, sin bajar las manos,  cálidas y suaves, de la cintura. Volver a grabarse CDs de música con  canciones que signifiquen algo. O que no signifiquen nada, pero  que transmitan todo. Volver a los picnics de manteles a cuadros  rojos y blancos, con cestas de mimbre y sándwiches de pan blanco.  Volver a los abrazos, los besos, las caricias en el dorso de la mano y  dejarse de emoticonos de caritas amarillas que imitan esa realidad.  Volver a esas llamadas telefónicas interminables, enredando los  dedos en el cable del auricular o llevándonos al inalámbrico de  paseo. Volver a mirar estrellas, bajo la bóveda color azul violáceo,  sobre la fresca y oscura hierba.

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El amor, qué concepto tan brillante y oscuro al mismo tiempo. Nos  intentamos convencer a nosotros mismos de que va a ser  maravilloso o al menos emocionante y en el fondo tenemos simple  y llano miedo. Tal vez porque echamos de menos ese amor  anacrónico de olores intensos, música agradable y hechos  demostrables. Volver a lo romántico. No estoy hablando de ser  cursis, falsos y empalagosos, sino simplemente de transformar un  momento normal en un momento extraordinario. No solo es tener detalles bonitos con tu novio o novia, sino de querer ser cada vez mejores. Crecer juntos en el amor. Hacer que valga la pena, hacerle sentir al otro que vale la pena luchar.

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Porque la vida no es extraordinaria, pero hay personas que son capaces de darle la vuelta.

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3 Comentarios

  1. Para mí el romanticismo es tener a mi compañero al lado, sincero, haciéndome saber cuándo puede y cuando no darme su total apoyo. Me respeta, me ayuda a superar obstáculos, me anima a seguir adelante, a notirar la toalla. No somos nada de amores de teléfono. Somos como dos sosainas pero en ello encontramos la amistad y el amor. Estoy de acuerdo contigo, se han perdido las formas y el respeto.

  2. Me encanta Lucía! ! Solo añadiría la idea de no dejar de avivarlo el resto de la vida… Un beso enorme

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