El amor no es una estafa

   Hace poco vi publicada una columna sobre el amor, de la periodista María Byk. Se titulaba: “El gran amor: la gran estafa”. Cómo ávida lectora de artículos de opinión y como fiel buscadora del amor, lo leí y me dejó un sabor de boca muy amargo. Me veo enfervorizada por un deseo sobrenatural de contestar a ese artículo con otro.

En él, veo a una mujer despechada que ha decidido entregarse a las relaciones frívolas, no trascendentales, tras una terrible experiencia: ha sido abandonado por aquel que creía su gran amor. Ella cuenta que era defensora de ese “gran amor” y que ahora ya no lo es. Es comprensible desde el punto de vista humano. Alguien que ha sido abandonado de esa manera recibe un impacto equivalente a que te arranquen un trozo de carne. Y veo que, tras esa máscara de suficiencia, indiferencia y mal disimulada fortaleza, se esconde una mujer triste y desesperanzada. Dice que está a la espera de aquel que merezca la pena. Pero ¿y si no llega? ¿Te pasarás, María, de relación en relación tormentosa y fugaz durante el resto de tu vida? No. Yo creo que no.

A mí también me dejaron. No por otra chica, pero también me dejaron. Hace poco además. Lloré, sufrí desmayos, sufrí toda clase de dolores. Dolores en partes de mi cuerpo que jamás pensé que podrían experimentar dolor. También he querido muchas veces, desechar la idea del gran amor. De que es una mentira, una estafa, como dicen en ese artículo

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Debo decir que no es una estafa y que todo ese artículo es una gran contradicción. Lo que fue una estafa fue el hombre que te hizo creer en imposibles, te prometió la luna y las estrellas y te juró amor eterno. Eso es una estafa.

   Pero ese gran amor existe. Y lo sé porque lo sigo sintiendo. Muy dentro. Muy profundo. Y toda la vida, hasta el día en que nos entierran, tomamos decisiones. Y muchas veces, en los asuntos del amor, parece que nunca sabemos que hacer, cómo reaccionar. Te entran ganas de rendirte cuando todo ese mundo fantástico que habías creado junto a la otra persona de repente, se cae a pedazos. Pero estamos creados para la supervivencia. No podemos dejarnos arrastrar por la pena. A veces el dolor pesa. Y mucho. Creedme. A algunos nos pesa más a otros. Pero hay algo que nos mueve: el espíritu.

No debemos dejar que una mala experiencia nos haga renunciar al amor. Tal vez esa persona vuelve. Tal vez no. Pero el futuro no debe preocuparnos. Tampoco vivir frívolamente, como si fuésemos animalitos. Mantener un cierto equilibrio una armonía… una paz contigo mismo. Ayer hablaba con un sacerdote, que me dijo: “Lucía… espera. Espera en Dios. Lo que tenga que ser, será”. Puede ser.

Tal vez la clave sea esperar.

 

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