Relato corto (Final)

 

Me pedisteis un final y aquí está. SI no leíste la primera parte, pincha en el link: https://luciaballbell.wordpress.com/2014/04/30/relato-corto-parte-1/

No articulé palabra. Tan solo me quedé mirando a aquel chico que acababa de responder a mi comentario hecho en voz baja (suficientemente alta para que un completo desconocido me oyera) y no dije nada.

 

-No pretendía asustarte. -se disculpó él inmediatamente. Estaba muy blanco, tenía los ojos azules sobre un fondo como la leche y el pelo revuelto y castaño claro. Parecía algo mayor que yo, pero no resultaba intimidante.

 

-Lo siento, pensaba que no habría nadie. -dije. Ya está: me tomaría por loca. Porque ¿cuánto llevaba ahí? ¡No hacía ni un momento desde que me había levantado!

 

Vi que se levantó. Era alto, de espalda ancha aunque también delgado. Me sonrió ampliamente: me gustó su sonrisa.

 

-Soy Javier. Javier Ibols.

-Yo Luisa Baltor. -me presenté y fui a estrecharle la mano, pero por algún motivo, hizo como que no lo había visto. Me atacó con más preguntas:

-¿Y qué haces aquí? ¿Visitando a algún familiar? -me interpeló, interesado.

Tentada estuve de decirle que sí, de mentir como una bellaca, pero no sé porqué, decidí contarle la verdad. Se lo conté todo. De forma resumida y él me escuchó sin decir nada. A veces, contarle algo a un desconocido es más fácil que hacerlo con un amigo. Un desconocido puede juzgarte sin piedad.

-Entonces… Es que quería estar sola y me he venido aquí… Estoy cansada y muy triste y…

-Lo suponía. -me interrumpió. -Tienes los ojos llorosos. Venga, siéntate. ¿Qué edad tienes?

-Diecinueve. -respondí. Nos sentamos en el banco. Tan poco llevábamos hablando y ya me sentía un poco más cómoda con él.

-Eres muy joven. Mira, sé que es duro escucharlo, pero tal vez encuentres a alguien mejor. No conozco a tu novio pero estoy seguro de que es una buena persona. Tienes mucho dolor dentro, lo percibo. Mira, no te conozco de nada. -clavó sus ojos azules en los míos y yo bajé la mirada. -Pero no debes dejar que eso te hunda ¿entiendes?

Asentí, pero él seguía hablando. Yo le miraba, sentada en el banco de espaldas a los mausoleos y tumbas.

-La vida es corta, Luisa. Tal vez ese chico se arrepienta de lo que ha hecho. Tal vez no. Aunque yo si fuera él, me arrepentiría. -me guiñó un ojo y me hizo reír. -¿Ves? Precioso. Lágrimas asoman por tus ojos pero tu boca quiere sonreír. Es como un amanecer triunfando sobre una tormenta.

Un chico con alma de poeta. Sería hasta romántico de no ser porque estábamos en un cementerio. Estuvimos hablando largo rato, hasta que la luz comenzó a caer y todo se tiñó de un color anaranjado.

-Debería irme a casa. Bueno, nos vemos. Y, Luisa, vete a casa tú también. Está anocheciendo. -para mi sorpresa, no salió por la puerta, sino que se internó en lo más profundo del cementerio. Me pareció algo siniestro. ¿Dónde iba?

Cuando me disponía a seguirle, algo me sobresaltó. Noté un fío aliento en la nuca y me volví. Ahí había una persona que no conocía: un hombre robusto de frondoso pelo negro con algunas canas y vestido de forma extraña. Tenía una cicatriz en el ojo. Éste se acercó y me gritó:

-¡Niña! ¿Qué haces en el cementerio a estas horas? Es muy peligroso. -aunque hablaba en voz alta, su voz era suave y tranquilizadora. Parecía quererme verme fuera de allí. Como un padre regaña a su hija.

-Disculpe, yo… -comencé, pero él siguió hablando. Parecía el guarda del cementerio. Sus llaves hacían “tintin” en su bolsillo. Las arrugas comenzaban a surcarle las mejillas y la frente.

-¡Podrías haberte quedado encerrada! Si no llego a venir… ¿Había alguien contigo? Me ha parecido oír otra voz…

Pensé en Javier, en que seguía dentro. Así se lo dije al guarda.

-Iré a ver. -y dicho esto, corrió hacia el interior.

Poco después volvió.

-No hay nadie en el cementerio, chica. Me lo he recorrido entero. -me miró detenidamente con sus profundos ojos negros- Pareces cansada. Ve a casa.

No tuve el valor de negarme así que cogí mi bici y me marché del lugar desolador. ¿Dónde se había metido Javier?

 

Pasaron unos días y no supe nada de él. Muerta de aburrimiento y dolor en mi habitación, me armé de valor y salí en su busca.

Regresé a la morada de los muertos que había sido mi refugio días antes. Ahora había más gente y daba menos miedo.

Pero Javier no estaba. Frustrada, paseé por las tumbas de nuevo y me detuve en una bastante grande, con un ángel de mármol custodiándola. Cuando leí el nombre, mi cuerpo se enfrió de repente

:   Javier Ibols

(1967-1989)

RIP

La sangre se me congeló en caa vena de mi cuerpo. Javier era un espíritu. probablemente un chico muerto en un accidente de moto o vete tú a saber. Las rodillas me fallaban ante tal pensamiento.No podía probar que Javier existía. Nadie me vio hablando con él. El guarda del cementerio no le habá encontrado. En lugar de irse por la puerta conmigo, se había internado en el cementerio. Todo era muy extraño.

Temblando como estaba, alguien se me acercó. Era el párroco de la zona, don Pedro. Era nuevo, bastante joven y muy moderno. Nos conocíamos.

-Luisa, ¿estás bien? -me volví hacia él. -No tienes buen aspecto.

-Padre, creo que he visto un fantasma. Hace unos días estuve hablando con alguien en el cementerio y me dijo que se llamaba Javier Ibols y esta tumba, y yo…

-Luisa, cálmate. -me puso las manos sobre los hombros. -Vamos a sentarnos y me lo explicas todo mejor.

Cuando íbamos a sentarnos y yo estaba a punto de desmayarme del shock, le vi. Allí estaba Javier. Vestido de manera informal. Solo, se aproximaba hacia nosotros.

-Oh, Dios mío, padre ¡es él! -ñe señalé, asustada.

-Luisa, espera. Ése chico sí que se llama Javier. No es…

-Hola, Luisa. Hola don Pedro. -nos saludó a ambos con su flagrante sonrisa. -Me alegra verte de nuevo, Luisa. -al ver que me llevaban casi arrastrando, frunció el ceño. -¿Qué ocurre?

-Yo, yo.. -balbuceé estúpidamente. -Pensé…

Don Pedro le explicó la historia con mucho tacto. Yo enrojecí, sintiéndome muy avergonzada. Pero Javier se lo tomó bien.

-No pasa nada, Luisa. -me miró sonriente. -Esta tumba, afortunadamente no es mía. Es de mi tío. El hermano de mi padre. Murió trágicamente y me pusieron su nombre. Le visito para que no caiga en el olvido. Me interné dentro del cementerio porque, bueno, vivo justo una calle más arriba. Se llega más rápido saltando por la valla de detrás que saliendo por la puerta principal y dando una vuelta tremenda.

-No hagas más eso, Javier. -le reprendió el sacerdote entre risas.

-Me siento tonta por haber creído en fantasmas.-intervine. – El guarda del cementerio habrá pensado que estoy mal de la cabeza.

Ambos me miraron de forma muy distinta. Con extrañeza.

-¿Qué guarda? -preguntó extrañado don Pedro.

Yo me quedé quieta, pero traté de explicarles.

-El guarda del cementerio. Salió a buscarte, Javier. Me dijo que no te había encontrado. Es ese señor tan robusto de pelo negro, con una cicatriz en el ojo.

-Luisa, este cementerio no tiene guarda desde 1923. -me explicó don Pedro con suavidad. -Sería otra persona a quien viste. Venga vamos chicos, os invito a tomar café.

Los seguí, algo aturdida y confusa. Noté como Javier me miraba y me seguía sonriendo. Bueno, al menos no pensaba que estaba loca. Se puso a andar a mi altura en dirección a la puerta del cementerio y sentí el contacto de su brazo, cálido, contra el mío.

Y al volver un poco la cabeza atrás de forma instintiva, vi como el guarda me sonreía siniestramente asomado detrás de un mausoleo, mientras se despedía de mí desde su dimensión de muerte.

Basado en hechos reales.

 

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