| Relato corto (Parte 1)

Basada en hechos reales

       Incansable pedaleo. Furiosa respiración agitada. La calle entera no era capaz de contener mi angustia. Todo se escuchaba demasiado: hasta el leve vuelo de las hojas me molestaba. Era tan ruidoso que ni siquiera yo misma podía seguir el hilo de mis caóticos pensamientos. El resultado de los mismos se exteriorizaba en forma de gruesas lágrimas saladas que mi viaje en bicicleta había dejado caer sobre el asfalto. Me detuve, apoyando un pie en el suelo. Dejé que mi cuerpo se recuperase del esfuerzo y la tensión. Había buscado esto: distraerme, tal vez hacer ejercicio hasta la extenuación, tal vez una huida rápida para expandir esa pena que me ahogaba. Ladeé la cabeza y me estremecí al ver dónde había parado.

   Era una puerta de metal negra, brillante por el sol y probablemente depositaria de su calor ardiente, que custodiaba en su interior tumbas, regios y altísimos cipreses y un sepulcral y ansiado silencio. A pesar de sentir un profundo respeto por los difuntos, decidí entrar en el cementerio y tranquilizarme.

 

Imagen     Dejé la bici oculta detrás de la puerta que abrí de par en par (miedo me daba quedarme encerrada o algo) y me senté en un banco de piedra. Mi cuerpo se soltó y comencé a llorar. Hice llover sobre mis zapatillas sin piedad alguna.  Me temblaba el labio inferior y la barbilla, así que me cogí la cara con ambas manos. Todo esto simplemente porque mi novio me había dejado. A pesar de la confusión que sentía él mismo, sus dudas y sus sentimientos, yo no entendía por qué me había tenido que pasar a mí. No lo entendía, a pesar de lo que había llovido desde entonces… Incluyendo mi llanto.

    Cuando mis ojos ya estaban enrojecidos y cansados y las lágrimas cesaron, el silencio se hizo evidente. Tragué saliva: me sentí, de pronto, una intrusa. Un soplo de vida en una morada de muerte.

    “Bueno, en realidad yo estoy como si estuviera muerta”, pensé con profunda amargura. Puede parecer estúpido sentirse así, pero para mí el dolor que arrastraba era causa directa de la intensidad de lo que había sentido y que tal vez, todavía sentía…

     Miré de reojo hacia el escondite de mi bici. Tentada estuve de marcharme, pero había un poderoso y ancestral magnetismo en aquel lugar de descanso eterno. Allí, ni la brisa que acariciaba las ramitas de los cipreses, guardianes del cementerio, me era molesta. Noté que tenía las piernas agarrotadas, así que me levanté y me puse a deambular por el lugar.

    Mientras observaba los nichos noté una opresión en el pecho. Me pregunté de nuevo: ¿qué haces aquí, Luisa? Uno de mis mayores temores era ser enterrada viva. ¿Qué hacía en el lugar idóneo para satisfacer la fantasía de algún psicópata? Deseché ese pensamiento que nada bien me hacía y fijé mi mirada en un montículo de tierra coronado por una cruz de estilo gótico. No había ningún nombre y, a su lado, otros montículos idénticos al primero permanecían sin ningún tipo de identificación. ¡Qué horror! Como si no fuera suficiente estar muerto, ni siquiera había forma de saber quién tenía toda esa tierra encima. Era triste.

-Olvidar a alguien es otra forma de matarlo. -me dije, en voz baja, apenas audible mientras me alejaba.

-Completamente de acuerdo. -escuché a mi espalda.

  Casi me da un patatús. Ahí, sentado en el banco dónde minutos antes yo había estado llorando, un chico me miraba fijamente.

 

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5 Comentarios

    • Mierda Belén soy lenta. ¡Hoy seguramente subiré el final! Que al fin y al cabo, es un relato corto jajajja tequiero pequeña gran escritora mia!

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