Cuento de noche

Había una vez una niña. Bueno, en realidad no era una niña. Hace mucho que había dejado de serlo. Pero jugaba a que todavía lo era. La mirabas y era la más completa expresión de una jovialidad melancólica. Una alcohólica de emociones peligrosas. Enérgica, jovial, pero cambiante como un tornado. Tan impredecible como una ola, pero a la vez tan suave como la espuma de la misma. No era perfecta. Era una niña tratando de ser mayor y una adulta que quería ser niña otra vez. Sus alegrías y sus penas se veían en trozos de papel, en lágrimas en sus mejillas, en su fuerte risa. Vivía a dos pasos del mundo irreal y eso le hizo mucho daño. Probó el amor, de muchas formas y todas salieron mal. ¡Cuánto llanto escuchó su ángel de la guarda durante tanto tiempo! Pensaba, alicaída, que nunca sería feliz. Y sabía que la culpa era solo suya. Conoció al hombre adecuado. Al chico que pensó que jamás encontraría. largeEncendió sus días como un rayo de sol. Nunca más estuvo sola. Ella le amaba. Y aun así, la niña quería más. Al final, un día de invierno, llegó a la conclusión de que no había que desear y desear sin más. Ser feliz es conformarte con lo que tienes. Saber apreciar lo que se te da. En lugar de ansiar lo que tal vez nunca llegará. Me temo que este cuento no acaba, pues esa chica (sí, es lo que es, una chica) sigue luchando contra sí misma para que el sueño de ser feliz nunca se rompa. Solo ella puede escribir el final de esta historia.

| Y ahora, un vaso de leche y a descansar. ¡Buenos sueños a todos!

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