Repartir comida, recibir lecciones | Mi tarde de ayer: una tarde diferente

Las tardes libres son magníficas. Remansos de silencio, tal vez roto por tu canción favorita. Un cerrado de ojos, una tímida sonrisa. Ese tiempo de paz, de tumbarse en el sofá después del trabajo o la universidad, ponerse una película y envolverse en una manta creyéndonos una subespecie de crèpes… O también de ponernos a dar un paseo hablar con alguna amiga que tenemos olvidada o incluso organizar tus deberes. Yo suelo hacer todo lo anterior.

Pero ayer fue diferente. 

Ayer tenía pensado ir a repartir comida en una parroquia de la zona de Campanar, la parroquia de San Pío X. Mi periplo comenzó porque tras terminar de comer, sufrí un atracón de gnnochis con salsa de setas y me encontraba fatal. Estuve a punto de no ir. Finalmente, mis ganas ganaron a mi dolor de estómago y fui a buscar a mi chófer, Juan Carlos (un amigo de la parroquia) y hablando entre risas, atracones y pasta, llegamos al fin al lugar. Carlos (otro amigo, también de la parroquia) ya estaba allí, coordinando un poco el asunto. Junto a él, un ejército de preparadas señoras mayores armadas con bolsas de plástico y tijeras para abrir cajas. Juan Carlos y yo nos incorporado al momento.

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Juan Carlos, mi “chófer” y encargado oficial del aceite. ¡Cómo me he reído con él!

En pocos segundos, aquello se ha llenado de familias. Gitanos, africanos, también españoles. Necesidad hay en muchos hogares, no solo en los extranjeros. Todos se mostraban amigables, algunos algo cohibidos también. Dependiendo de cuántos eran, les dábamos una cantidad u otra de leche, atún, legumbres, pasta, galletas, fideos, azúcar, aceite y tomate. Ah, y Cola-cao (tuvimos problemas llenando bolsitas… Juan Carlos y yo acabamos oliendo a cacao y esnifándolo) Además, en un infructuoso intento de mostrar mi imponente fuerza, casi echo a perder una caja de bricks de leche. Todo un espectáculo por mi parte.

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Yo peleándome con los botes gigantes de tomate frito

Bromas aparte: todos sabemos que hay muchas familias pasando necesidad. Pero ¿realmente somos conscientes de que se trata de un problema real? Es por esa sencilla razón que he decidido escribir sobre esto. Mis dedos ansiaban hacerlo, pero sobre todo, mi corazón y mi mente me lo pedían a gritos mientras volvía casa. Me fijé en que la diminuta habitación dónde estábamos estaba a rebosar de comida, pero no rebosaba de gente. Nos las apañamos bastante bien (no estábamos picando piedra) pero me ha hecho pensar. Sé que suena a topicazo pero para mí se trata de un problema serio del cual pensamos que o bien se encargan otros o bien no tiene solución.

Actualmente en España, el 21% de los españoles están viviendo en el umbral de la pobreza. Ya no sólo por la crisis, aunque eso influye: como ya he dicho antes, hay familias españolas acudiendo a la caridad, ya sea de Cáritas o de las parroquias (o particulares), algo que hace algunos años no era frecuente. El INE sitúa a una de cada cinco personas en esta angustiosa situación. Y sin contar a los inmigrantes: la tasa de pobreza entre los inmigrantes no comunitarios en España es del 43,5%. Datos para pensar. Reflexionar sobre ello. Pero no quedarse en esa postura mucho tiempo.

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Altar de la parroquia de San Pío X. Lo voluntarios son bienvenidos. ¡Incluso nos han dado un pan bendecido!

No tenía pensado en emplear mi tiempo libre de ayer repartiendo comida en un sitio el cual apenas visito. Y sin embargo, no me arrepiento. Este tipo de cosas, estos actos casi te ayudan más a ti que a los demás. Todos sabemos que son tiempos duros como la roca de los acantilados. Pero todo cambia cuando estás allí. Estando fuera sabes que la situación es precaria. Pero es totalmente diferente cuando miras a los ojos a una señora mayor con su carrito de tela a cuadros o a un niño extranjero que te mira con cara de no saber muy bien qué ocurre. Todo son sonrisas enmarcadas en caras largas. Quedan posos en nosotros, de impotencia y de satisfacción por ayudar, pero con ganas de más.

Una situación así nadie la desea. Pero ellos la afrontan. Y ver eso, verlo de cerca, sentir ese valor, ese rescoldo de dignidad, te quita incluso un dolor de estómago como el mío que por arte de magia… desapareció

Así es. Yo di comida. Y a mí me dieron lecciones.

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2 Comentarios

    • En realidad, mi acción no es lo importante, sino lo que nos llevamos cada uno de ello. Todos podemos ayudar. O al menos, intentarlo. Y antes de cambiar el mundo, debemos cambiar nosotros mismos. ¡Gracias por comentar!

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