El abrazo | Una foto, una historia.

16804885_10212425226844593_162316673_oLas lágrimas sobre tu hombro suave , la sonrisa rota, los brazos enlazados, como esos recuerdos que atrás dejamos en esta ciudad, que sea ella la que hable. ¿Se están despidiendo, se están encontrando se están uniendo, se están separando?  Quién lo sabe. Quién sabe lo que se esconde tras esos dos cuerpos a cero centímetros de distancia. Ella se aparta, él le seca las lágrimas. Las manos me tiemblan cuando saco la foto de este festival de lluvia ocular, caricias y luz mitigada. ¿Quién se está yendo? ¿Quién se queda? Tantas preguntas sin respuesta, en el aire ebrio de incertidumbre. Parejas festejando San Valentín con absurdos globos rosas y esta pareja envuelta en una neblina invisible de emoción intensa.

Tal vez ninguno se esté separando. Tal vez sea temporal, tal vez se verán mañana con la primera luz del día. Tal vez no se volverán a ver nunca. Pero nada de eso importa  Porque sus almas siempre estarán entrelazadas sin problemas de tiempo, espacio, ni distancia. Y todo esto gracias a ese abrazo.

 

Lucía B.

Aviones

52b5e7117680cbd7faaa5d46510918a4Éramos dos aviones,
sin torre de control, sin piloto, sin aeropuerto,
volando furiosamente por el firmamento.
Y tuvimos la suerte de chocarnos en pura felicidad.
Cuando el mundo nos quiere tumbar,
tan solo emprendemos juntos el vuelo.
Nadie nos puede quitar el rumbo que nuestras vidas han tomado

 El cielo es amplio y azul

Y no es lo suficientemente grande como para contener mi gozo

que se funde con las nubes blancas
que se escapa entre los dedos como la brisa

Nos despedimos
bajo las blancas y frías luces del aeropuerto
Por suerte
nuestros corazones ardían
y mitigaban el frío que nos rodeaba

como un abrazo gélido
Pronto volveremos a vernos
Hasta entonces
Nunca dejes que esa llama se apague
Hasta que el avión aterrice
Y estemos todos a salvo

 

Relato navideño

Nunca olvidaré aquel 24 de diciembre.

Nunca olvidaré lo que sentí.

La noche anterior resplandecía con un fulgor extraño. Llevaba todo el otoño esperando a este día. En otoño, los vientos susurraban cosas secretas mientras las hojas rojizas bailaban entre sí hasta morir en el frío suelo de piedra. Pero en invierno, la nieve caía como maná del cielo, teñía toda mi ciudad de un blanco brillante, marmóreo y esponjoso.

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La noche anterior a Nochebuena, bajo una luna embarazada y lechosa, apenas podía dormir. Nochebuena y Navidad siempre eran sinónimos de reuniones familiares largas y agradables, ante el calor de la lumbre y copiosas cenas. Incluso a pesar de haber abandonado mi edad tierna hacía tiempo, seguía emocionándome como una niña de seis años.

Esta época significaba luces, alegría, carestía de espacio para lo malo. Significaba ver a esa tía un poco gruñona y a ese primo que hacía meses que no veías y con el que reías por cualquier estupidez. Y sobre todo, ver a mi abuelo Vincent. Era mi mejor amigo, siempre me estiraba de los mofletes, tuviera la edad que tuviera, lloraba si le dabas un abrazo y te daba dinero a escondidas para que pudieras degustar tus chocolatinas favoritas. Una excitación creciente se apoderó de mi yo de veinte años en cuanto me levanté el día 23.

Mi desayuno me esperaba como cada mañana. Mi madre, en lugar de darme un beso, estaba de espaldas a mí, fregando los platos a pesar de que se reducían a dos tazas y varios cubiertos y esta tarea era típica para ella o mi padre realizarla por la noche. En la radio, se escuchaba el inicio de “This Christmas”, de The Temptations. Mi madre seguía sin mirarme.

-¿Mamá?

Vi sus hombros contraerse en cuanto mi voz rompió el silencio que reinaba en la estancia. Mi padre no estaba. Por fin, mi madre se dio la vuelta. Tenía las mejillas encendidas y los ojos teñidos de rojo. Era evidente que había estado llorando.

-Mamá ¿qué te pasa? -pregunté, algo asustada, mientras sostenía la taza caliente con la mano.

Ella me miró largamente y se sentó a mi lado.

-Karin. -empezó, tragando saliva. -Mira, el abuelo Vincent se ha puesto muy enfermo. Lo han llevado al hospital. Tu padre está con él.

La taza se resbaló de mis manos, pero por suerte pude detenerla antes de que cayera al suelo y se rompiera en mil pedazos, como estaba sucediéndole a mi mente en ese momento. Pero eso sí que no pude detenerlo.

¿Nunca habéis notado cuando las lágrimas quieren salir por los ojos pero tú no quieres? Esa lucha interior que hace estremecer tu cuerpo y que enmudece hasta tus pensamientos. Una fuerza súbita emerge del fondo de tu garganta y te aprisiona las cuerdas vocales, retorciéndolas a su antojo.

-Pero… ¿es grave? -pude articular con la voz más impasible que pude fabricar y aun así, sonó drásticamente rota.

Mi madre me acarició el hombro mientras buscaba las palabras adecuadas.

-Sí, es grave. Lo siento, Karin. -ella también trataba de poner su mejor tono, pero fue inútil.

Esa mañana volví a tener seis años, porque me derrumbé sobre el regazo de mi madre y no cesó de llover en mis ojos hasta que me hundí en la oscuridad del sueño.

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Carta al que sufre bullying

Querido ser humano,

Te llamo ser humano porque algunas personas se olvidan de que lo eres. De que eres, también, una persona. Alguien que forma parte de una epidemia silenciosa y oscura. Tú, que cada mañana te levantas para ir a clase y sientes que a medida que te acercas, el miedo te aprisiona la garganta. Porque sabes que, de un modo u otro, ellos van a encontrar la manera de hacerte daño. De que tal vez vuelvas a casa y le mientas a tu madre diciendo que todo ha ido bien, mientras ocultas tu rostro, porque ella sabe que tras esa máscara impasible, se esconde una verdad aterradora.

Déjame decirte algo.

No son mejores que tú. Nunca lo han sido. Sus empujones, sus escupitajos, sus insultos, son lo único que pueden expresar. Lo único que tienen dentro de su podrida alma, inmadura, triste y herida. Sí, por supuesto. Ellos también son personas heridas. Por eso lo único que saben hacer es herir.

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¿Qué por qué a ti? Quién sabe. Tal ves eres demasiado inteligente y eso les da envidia. Tal vez eres insegura y saben que llamarte fea te va a hacer llorar. Tal vez llevas gafas, ortodoncia o incluso tienes dificultades para andar o hablar. Y eso les encanta. Pero no porque seáis débiles, o menos importantes, sino porque a sus ojos, sois como el cordero frente al lobo. ¿Nunca te has preguntado por qué no se meten con gente que les planta cara? Porque no pueden ganar. Porque ellos son unos cobardes. No tienen nada personal contra ti. Y tú intentas superarlo y sonreír, pero como mucho, la gente te dice: “Sé como te sientes”, normalmente, sin saberlo realmente.

En unos años, cuando vayas a la universidad y seas una estudiante modelo, o el tío más carismático, ellos serán los primeros en querer ser tus amigos y entonces tendrás el poder de mirarles con frialdad e ignorarles. Porque tú eres mejor persona.

Pero ¿qué ocurre si no llegas a la universidad? Ah ¿qué eso es imposible? Déjame decirte otra cosa.

El bullying no solo se detiene cuando acabas el colegio. Puede incluso seguir. O puede detenerse porque la víctima acaba suicidándose. No me lo invento. Puedes incluso plantarles cara y que ellos se crezcan. El bullying puede no terminar nunca. O terminar terriblemente mal.

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Así que tú, sí tú, si a ti te están haciendo bullying o conoces a alguien a quien le estén acosando, denúncialo. Díselo a los adultos. ¿Que te llamarán chivato? Más vale eso que cargar con la muerte de alguien o con la tuya propia. Porque el acoso continuo puede destrozar tu alma, puede quebrar tu cabeza y romper tu corazón. Y sobre todo, tus ganas de vivir.

Porque eso es real, esto sucede hoy en día. No sale en todos los periódicos, pero eso no hace que sea tu problema. El problema de TODOS.

Así que pide ayuda u ofrécela.

Y si necesitas hablar, me tienes a mí. O a cualquier desconocido.

Sinceramente,

Alguien que sabe como te sientes.

 

LB

La chica de rojo | Una foto, una historia

Allí estaba. En mitad de la plaza de San Pedro. Entre tanta gente, tan desapercibida  y sin embargo, con algo especial. Ella no miraba a los fotógrafos que se agolpaban y quedaban maravillados ante su fotogenia, o a los chicos que trataban de atraer su atención con miradas y codazos.

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La persona real que inspiró este breve relato | fotografía: Lucía Ballester

Ella no parecía ser consciente de su propia fuerza y belleza. Ella tan solo cantaba. Un hermoso sonido emanaba de sus labios pintados en un rojo intenso sobre el lienzo blanco que era su rostro.

Un rostro armónico, ojos grandes enmarcados por unas cejas poderosas. Una mirada serena, un poco triste, concentrada en un punto inexacto, como si estuviese mirando algo que nadie más podía ver. Una nariz menuda y un pelo vestido del sol de la mañana romana. Y cantaba, ambientando la ruidosa plaza con un sonido de atmósfera celestial. Un canto gregoriano con acento escocés. Como si hiciera suya la frase de Celeste Carballo: “Artesana de la vida quiero ser, cantar historias que vivan, sentir las cosas que diga”.

¿Qué por qué cantaba? Qué sé yo. Tal vez quería estar más cerca de Dios. Tal vez necesitaba expresar algo que solo la música puede expresar, con ese lenguaje que llega al alma. Tal vez proyectaba su voz para que alguien perdido y solo se sintiera rejuvenecer de repente. Tal vez tenía algo que sacar de su corazón. No buscaba la fama. No buscaba las fotos. La chica de rojo tan solo cantaba.

¿Qué por qué cantaba? Qué sé yo.  Yo solo la miraba.

Lucía Ballbell

 

Nadie

Nadie se acuerda de nosotros. De nuestros cuerpos calientes. De nuestro deambular por el mundo. Nadie recuerda nuestro valor. No nos tasan, nos desprecian. Porque valemos poco, muy poco. Motas de polvo: eso somos
“Qué vida más triste tiene”
“Qué pequeña y patética es”
Para nadie somos importantes
Y siempre la aprobación esperamos

Nadie se acuerda de nosotros…
excepto cuando nos vamos.

Y entonces dicen:

“Yo la conocía. Era buena persona”.

Y ahí todos
Se acuerdan de nosotros.

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